08/05/2026
LA TATUANA "MANUELITA"
Según numerosos historiadores, como Batres Jáuregui, Ramón Salazar y Adrián Recinos, la leyenda de la Tatuana está basada en una mujer que existió en realidad en Guatemala. La mayoría de autores ubican el origen de este personaje en la época del traslado de la Capital desde Santiago de los Caballeros (Antigua Guatemala) a la Nueva Guatemala de la Asunción, actual capital de Guatemala, tras el terremoto de Santa Marta (1773)
La Tatuana” o “Manuelita la Tatuana” es uno de los personajes más tradicionales dentro de las leyendas criollas de Guatemala, puesto que a diferencia de otros personajes es una proyección folklórica netamente guatemalteca.
Según la historia, Manuelita nació entre 1745 y 1750. Era una joven hermosa como ninguna otra. De niña, había sido vendida como esclava a un hombre que conocía las artes del esoterismo maya. La niña era muy hábil e inteligente, y pronto se ganó el cariño de su amo. Más que una esclava, Manuelita se convirtió en su alumna, y aprendió de él numerosos hechizos, encantamientos y curaciones. Con el paso de los años, Manuelita se convirtió en una bellísima mujer. El viejo brujo, en su lecho de muerte, le dijo que era el momento de dejarla partir, no sin antes tatuarle un pequeño velero en el brazo. Éste, le dijo, le permitiría escapar de cualquier peligro o cautiverio en el que se encontrara. Así pues, Manuelita partió en busca de su destino.
Se dice que llegó al Reino de Guatemala en un barco que no atracó en ninguno de sus puertos y en ninguna de sus playas. Apareció así nomás un día en la Ciudad de Santiago de los Caballeros (Antigua Guatemala). Era una mujer blanca de grandes ojos negros, cabello ondulado más negro que la noche y una figura alta y voluptuosa. El escote de su ajustado vestido dejaba ver montes y mil maravillas. Hermosa. Exuberantemente hermosa. Endiabladamente deseable. En Guatemala jamás se había visto una mujer como ella, que despertaba los instintos carnales más salvajes de jóvenes y maduros. Paseó con arrogancia su belleza en la plaza central frente a marqueses, condes y plebeyos. Todos, sin excepción, la colmaron de piropos y galanterías. A su paso, dejaba un llanto encolerizado de celos entre las esposas y amantes de la vieja Capital.
Manuelita fue apodada La Tatuana por el misterioso tatuaje de un barco que llevaba en el brazo. Se instaló en una pequeña casita en el barrio de la Parroquia Vieja y se encerró en ella. La humilde casita se convirtió en poco tiempo en una gran mansión entregada al placer y al vicio. Y es que cuando el sol se ocultaba en el horizonte, aparecían en la puerta de la Tatuana misteriosos caballeros y alegres mujerzuelas para entregarse al guaro y la lujuria desde el crepúsculo hasta el amanecer.
La Tatuana era odiada por las señoras de la ciudad, pues se dice que no hubo hombre que se resistiera a pasar por ahí una nochecita. Sin embargo, las acusaciones caían siempre en oídos sordos. Las autoridades de la ciudad de Santiago eran clientes frecuentes del palacio de la Tatuana, y la protegían pues no podían arriesgarse a ver sus buenos nombres relacionados con tan pecaminosas actividades.
Pero la suerte de la Tatuana estaba por dar un giro. Corría la noche del aniversario de su llegada a la ciudad, y la Tatuana daba una gran fiesta en su mansión. Unos fuertes golpes se escucharon en la puerta principal. La Tatuana no esperaba más invitados esa noche, por lo que decidió ignorarlos y siguió danzando, disfrutando de su fiesta. Los golpes insistieron. Cuando finalmente abrió, se encontró frente a una docena de hombres armados que aguardaban por ella en el pórtico.
–¿Qué puedo hacer por vuestras mercedes?
Pero a la pregunta siguió un gran silencio. Los hombres armados eran soldados acantonados en un Fuerte distante a dos días de camino. Habían escuchado los rumores sobre aquella hermosa mujer, pero jamás la habían visto. Todos quedaron absortos por la belleza de la Tatuana, empapada en sudor tras bailar durante horas, y no supieron pronunciar palabra. Finalmente, el Capitán alcanzó a levantar el brazo para entregar una orden proveniente del Tribunal de la Santa Inquisición.
Se acusaba a Manuela La Tatuana de brujería y de hacer hechizos para atraer a todos los hombres de la localidad, además de codicia y de no seguir los preceptos de la Iglesia.
La Tatuana fue conducida espléndidamente vestida a un calabozo del Palacio del Ayuntamiento. Pasaron casi dos meses hasta que finalmente, en la mañana del 28 de Julio de 1773, llegó a la ciudad un hombre muy alto envuelto en un manto negro. Era el Comisario del Santo Oficio, que había sido enviado para emitir sentencia. El inquisidor leyó uno a uno los pliegos que contenían las acusaciones contra Manuelita, y finalizó condenándola a ser quemada en la hoguera a la mañana siguiente.
El inquisidor le indicó a la Tatuana que por ley tenía derecho a una última gracia. Sus carnosos y deliciosos labios respondieron que únicamente quería un pedazo de carbón o tiza, para pasar sus últimas horas pintando y dejar una huella de su paso por la vida. El inquisidor aceptó la solicitud y ordenó que se le llevara un trozo de carbón después de la cena.
Eran pasadas de las 20:00hrs. cuando el guardia de la celda le llevó el pedazo de carbón. Una gran alegría se apoderó de ella cuando lo tuvo en sus manos. De inmediato puso manos a la obra. Dibujó en la pared de su celda un tranquilo océano en el que navegaba un barco velero. Y mientras dibujaba, recitaba conjuros en una lengua incomprensible para el guardia, que casi murió de espanto al ver cómo se aparecía el mismísimo demonio para ayudar a la Tatuana a subir en el barco que había dibujado.
Así fue como la Tatuana escapó de la prisión y de la muerte aquella calurosa noche. En el mismo barco en que llegó, y que no atracó en ninguno de sus puertos ni playas…
Pero algo igual o más increíble estaba por ocurrir. Al día siguiente, el inquisidor investigaba lo sucedido. Eran aproximadamente las 15:00 hrs. cuando interrogaba al guardia. El inquisidor estaba convencido que éste había sido seducido por los encantos de la condenada y la había dejado escapar. De pronto, un fuerte terremoto sacudió la ciudad colonial ocasionando destrucción y muerte. Bajo un enorme bloque de piedra, yacía aplastado el cuerpo del inquisidor.
Se dice que, tras el terremoto, la población olvidó sus diferencias sociales y todos los sobrevivientes se congregaron en los campos, lejos de las frágiles edificaciones. Nobles, damas honestas y religiosos que vivían en retiro se encontraban en paños menores mezclados con los plebeyos. Ahí se escucharon las historias de los parientes y amigos mu***os, de los conventos que se derrumbaron, pero también de los presos que escaparon de prisión. La historia más fantástica esa noche fue la de la hermosa mujer condenada a muerte, que escapó en un barco que había dibujado en la pared de su celda, la cual no se había derrumbado, y que luego se había vengado de la ciudad que la había condenado.
EL desastre sería conocido en los libros de historia como el terremoto de Santa Marta, el cual acaeció el 29 de Julio de 1773 y destruyó gran parte de la Ciudad de Santiago de los Caballeros.
Extraído de deguate.com “La Tatuana”