Espacio de Sanación Emocional

Espacio de Sanación Emocional Psicoterapeuta Cognitivo Comportamental
Especializada en el acompañamiento de Duelos
Constelaciones Familiares. Biodecodificacio

Quedate un minuto acá. No te vayas todavía. Leé esto despacio.Sé exactamente el peso que sentís en el pecho. Sé lo que e...
10/09/2026

Quedate un minuto acá. No te vayas todavía. Leé esto despacio.

Sé exactamente el peso que sentís en el pecho. Sé lo que es que la cabeza no se calle, que el cuerpo duela de solo respirar y que aparezca esa idea engañosa, oscura y constante de que si apagás todo, por fin vas a descansar.

Parece una salida lógica cuando el sufrimiento se vuelve insoportable, ¿no? Pensás: «Ya está, nada va a cambiar, no doy más».
Pero escuchame bien: no querés dejar de vivir, querés que deje de doler. Y son dos cosas completamente distintas.

Cuando estás en el fondo de un pozo, el cielo parece del tamaño de una moneda. Creés que la realidad entera se reduce a esa oscuridad que tenés alrededor. Pero eso no es la vida: es solo el pozo hablando por vos. Y el dolor miente. Te convence de que el futuro es una fotocopia exacta de este día gris, cuando en realidad la vida da vueltas increíbles a la vuelta de cualquier esquina.
En solo seis meses, en tres semanas o en un martes cualquiera, todo tu escenario puede ser otro. Las tormentas más feroces de tu vida ya pasaron alguna vez, y sobreviviste a todas. Esta también tiene final, aunque hoy no alcances a ver la orilla.

Quedate. Quedate por todo lo que todavía no viviste y que hoy ni sospechás que existe:

- Quedate por esa canción que todavía no escuchaste y que en unos meses no vas a poder parar de cantar.
- Por el olor a café recién hecho en una mañana fría de domingo, con el sol pegándote tibio en la cara.
- Por esa persona que todavía no conocés, que va a llegar a tu vida a reírse de tus mismos chistes bobos y te va a mirar pensando en la suerte inmensa de haberte encontrado.
- Por el abrazo apretado y largo que te va a salvar un día cualquiera, de esos que te acomodan las piezas rotas sin decir una sola palabra.
- Por esa carcajada que te va a doblar al medio, de esas que hacen que te falte el aire y te duelan los cachetes, haciéndote olvidar por un instante de todo lo malo.
- Por el sonido de la lluvia contra la ventana mientras estás tapado hasta la nariz, sintiéndote a salvo.
- Por el mar. Por la sensación de meter los pies en la arena caliente y sentir cómo el agua fría te recuerda, de golpe, que tu cuerpo está vivo.

Hay tantas conversaciones pendientes que te van a llenar el alma. Hay atardeceres que te van a dejar sin aliento. Hay versiones tuyas más sabias, más en paz y sonrientes que todavía están esperando su turno para nacer.

Si sentís que ya lo perdiste todo, pensalo así: quien cree que no tiene nada que perder, lo tiene absolutamente todo por descubrir. Estás en el punto cero, no en el punto final. A partir de acá solo queda reconstruir, aunque sea de a un milímetro por día. No tenés que resolver tu vida entera hoy; solo tenés que pasar esta noche. Solo tenés que pedir una mano.

No estás solo, aunque la mente te grite que sí. Hablá. Levantá el teléfono, mandá un mensaje, decile a alguien: «La estoy pasando mal, no puedo solo». Romper el silencio es el primer paso para desarmar el monstruo.

El mundo es un lugar infinitamente más cálido, más completo y más luminoso con vos adentro. Date la oportunidad de ver cómo se acomodan las cosas.

Por favor, aguantá un poco más. Lo mejor de tu historia todavía no se escribió.

El mejor capítulo de tu vida está esperando que lo escribas con tus mejores colores.

Lic. Andrea Ricamonte
Psicóloga - Psicoterapeuta

(Si necesitás hablar con alguien ahora mismo, recordá que existen líneas de ayuda gratuitas y confidenciales las 24 horas. Pedir ayuda salva vidas: en Uruguay podés llamar a la Línea Vida al 0800 0767 o al *0767 desde el celular).

El impacto real de lo que creemos: No vemos el mundo como es, sino como somosLas creencias no son simples opiniones flot...
08/09/2026

El impacto real de lo que creemos: No vemos el mundo como es, sino como somos
Las creencias no son simples opiniones flotando en el pensamiento, son las reglas operativas con las que interpretamos la realidad. No reaccionamos a los hechos en sí, sino a lo que nos decimos acerca de esos hechos. A partir de ese filtro cognitivo se disparan nuestras emociones, nuestras respuestas fisiológicas y las decisiones que tomamos a diario.

La neurociencia y la medicina han demostrado con claridad este principio a través del efecto placebo.
Lejos de tratarse de mera "sugestión", la expectativa genuina de mejoría activa circuitos neurobiológicos específicos, recluta las mismas áreas cerebrales y libera neurotransmisores comparables a los de un fármaco activo. Lo que la mente anticipa tiene un correlato somático medible: el cuerpo responde a la certeza cognitiva.

El camino desde la Terapia Cognitivo Conductual (TCC):
En la práctica clínica, este principio es el núcleo del cambio. Desde el enfoque cognitivo conductual no trabajamos con ideas abstractas ni con "pensamiento positivo" ingenuo, sino con evidencia, estructura y método.

A lo largo de la vida consolidamos esquemas y creencias nucleares sobre nosotros mismos, los demás y el futuro. Muchas de esas creencias fueron adaptativas en su momento, pero hoy pueden ser rígidas, desactualizadas y limitantes, manteniéndonos atrapados en la impotencia o el malestar.

La TCC ofrece un marco riguroso para:
Identificar y cuestionar pensamientos automáticos: Aprender a ver los pensamientos como hipótesis que se pueden contrastar, no como verdades absolutas.
Reestructurar creencias disfuncionales: Reemplazar premisas que paralizan por interpretaciones realistas, flexibles y basadas en hechos.
Modificar conductas: Salir de patrones evitativos o reactivos para construir respuestas que abran posibilidades reales de acción y bienestar.

Cuando aprendes a examinar de manera sistemática lo que das por cierto, el beneficio personal es profundo: disminuye la reactividad emocional, se fortalece la autorregulación y recuperas el poder sobre tu propia vida.

No se trata de forzarse a creer cosas agradables; se trata de aprender a pensar con mayor precisión, lucidez y utilidad.
Cuestionar una creencia que te limita no es perder el control: es el primer paso para recuperarlo.
Lic. Andrea Ricamonte
Psicóloga | Psicoterapeuta Cognitivo Conductual
Consultas: 094581648

Hay fechas que quedan grabadas para siempre en el alma. Para nosotros fue un sábado 5 de setiembre de 2020. Hoy, exactam...
06/09/2026

Hay fechas que quedan grabadas para siempre en el alma. Para nosotros fue un sábado 5 de setiembre de 2020. Hoy, exactamente seis años después y también sábado, el dolor y la memoria siguen intactos.

Hacía meses que nuestra hija Camila (17) sufría dolores de cabeza feroces, vómitos diarios, pérdida de vista y oído, mareos e insomnio. La llevábamos semanalmente a la Emergencia del SMI y la respuesta era siempre la misma: un calmante y a casa. Decían que "no era nada físico", que era "solo emocional", e incluso un médico me dijo "madre, no exagere".

Tras meses rogando por estudios, un neurólogo a domicilio ordenó una tomografía urgente. Me quedé con ella mientras su papá volvía a casa a prepararle las pizzas que había pedido para cenar. Nunca imaginamos que Cami jamás regresaría.

Horas después, la doctora me apartó con lágrimas en los ojos: "Tiene un gran tumor cerebral con hidrocefalia. Veo en el sistema que consultaron muchísimas veces; es una injusticia lo que hicieron con ella, el tumor no paró de crecer". En shock y para protegerla, le dijimos que era solo un "bultito". Cami lo aceptó con una paz infinita. Veinte días después, nuestra hija partía de este plano.

A cada mamá y papá: jamás permitan que minimicen el dolor de sus hijos ni les digan que están exagerando. Levanten la voz. Nadie los conoce mejor que ustedes, sin importar el título que tenga quien esté enfrente.

Una atención médica oportuna y digna no es un favor: es un derecho vital irrenunciable. La desidia médica cuesta vidas.

Lic. Andrea Ricamonte

Igor: «Pooh, ¿crees que alguna vez perdemos de verdad a las personas que amamos?»Pooh: «Creo que podemos perder la forma...
04/09/2026

Igor: «Pooh, ¿crees que alguna vez perdemos de verdad a las personas que amamos?»

Pooh: «Creo que podemos perder la forma en que las teníamos, Igor.
Puede que ya no podamos verlas,
oír su voz, ni extender la mano
para tomarlas.»

Igor bajó la cabeza.

Igor: «Eso suena mucho a perderlas.»

Pooh: «Al principio sí.»

Igor: «¿Y después?»

Pooh pensó en silencio un momento.

Pooh: «Después empiezas a encontrarlas en diferentes lugares.»

Igor: «¿Qué tipo de lugares?»

Pooh: «En una vieja canción que de repente te hace recordar. En un olor familiar. En fotografías que has visto cien veces. En historias que aún cuentas. Y a veces, sin ninguna razón en particular, en medio de un día cualquiera, cuando tu corazón susurra de repente su nombre.»

Igor levantó la vista.

Igor: —Pero aún así desearía poder verlos una vez más.

Pooh: —Claro que sí. Extrañar a alguien es lo que sucede cuando
el amor no tiene a dónde ir excepto
a los recuerdos.

Igor: —¿Acaso la añoranza alguna vez termina?

Pooh: —Quizás no del todo.
Pero creo que cambia.
Un día, los recuerdos que te hacen llorar también empiezan a hacerte sonreír.

Igor: —¿Entonces se quedan
con nosotros?

Pooh colocó suavemente su pata sobre el corazón de Igor.

Pooh: —Aquí mismo. El amor es muy astuto. Cuando alguien ya no puede caminar a nuestro lado, encuentra
otro lugar para que viva.

Igor se quedó en silencio un momento.

Igor: —¿Pooh?

Pooh: —¿Sí, Igor?

Igor: —Puede que ya no pueda verlos con mis ojos.

Pooh: —No.

Igor: —Pero aún puedo llevarlos conmigo. Pooh sonrió dulcemente.

Pooh: «Siempre, Igor. Algunas despedidas son solo para los ojos.
El corazón tiene su propia manera
de aferrarse a los recuerdos».

— Inspirado en A.A. Milne
Winnie the Pooh Fans Club

¿Hasta cuándo el diagnóstico va a ser la coartada perfecta del odio?Ayer ocurrió en la Facultad de Medicina. Una estudia...
02/09/2026

¿Hasta cuándo el diagnóstico va a ser la coartada perfecta del odio?
Ayer ocurrió en la Facultad de Medicina. Una estudiante fue apuñalada por un compañero porque «estaba obsesionado con ella». Apenas se conoció la noticia, comenzó el libreto de siempre: la discusión de si fue un brote, si es inimputable, si es esquizofrenia.
Hablo primero como psicóloga, con la evidencia clínica sobre la mesa: tener esquizofrenia no es sinónimo de ser violento. La gran mayoría de las personas que transitan trastornos psicóticos sufren su padecimiento hacia adentro; son, en términos estadísticos, mucho más propensas a ser víctimas de violencia y exclusión que victimarias. Estigmatizar una condición de salud mental para justificar un ataque dirigido, planificado y selectivo es una falta de rigor profesional y un acto de cobardía social. La enfermedad mental no discrimina por género; el machismo sí.
No es un caso aislado. Este mismo año, en Ciudad del Plata, a Avril la acuchilló un compañero y vecino cuando se bajaba del ómnibus. El agresor fue catalogado como esquizofrénico y el caso quedó flotando en una nebulosa judicial casi sin consecuencias.
¿Por qué siempre el «brote» o la «locura» elige como blanco el cuerpo de una mujer que dijo que no? ¿Por qué la obsesión masculina se patologiza al instante para diluir la responsabilidad penal y política de quien agrede?
Esto tiene nombre y tiene doctrina. En la serie Adolescencia (Netflix) se aborda con crudeza el trasfondo de un joven juzgado por acuchillar a su compañera: allí se expone a la comunidad incel (célibes involuntarios). Se trata de espacios digitales y subculturas donde hombres que sienten frustración sexoafectiva o no se consideran «elegibles» canalizan ese resentimiento en un odio visceral y deshumanizante contra las mujeres. No es delirio místico ni psicosis desorganizada; es ideología misógina, es pedagogía del desprecio.
Hoy ya no hay lugar seguro para nosotras.
Tener miedo al caminar por la calle de noche era la advertencia histórica; ahora el peligro acecha al bajarse del ómnibus, al cruzar la puerta de un liceo o al sentarse en el aula de una facultad universitaria. Vivir calculando rutas, mirando sobre el hombro y midiendo palabras no es libertad: es un confinamiento paulatino del que la sociedad es cómplice cuando calla.
¿Cuánto más nos tenemos que replantear como comunidad? Esto nos interpela a todos.
Empieza mucho antes del cuchillo: empieza en el grupo de WhatsApp donde se festejan fotos sin consentimiento, en los chistes que denigran, en minimizar al compañero que acosa con un «dejalo, si es raro» o «está bromeando». Según testimonios, este agresor ya arrastraba conductas hostiles y fuera de lugar desde la secundaria con sus compañeras. Se miró para el costado. Se normalizó la alarma.
¿Hasta cuándo nuestras jóvenes van a vivir con el pulso acelerado?
¿Hasta cuándo el mensaje de «avisame cuando llegues» será una plegaria para saber si siguen con vida?
Basta de disfraces psiquiátricos para crímenes de odio. La violencia machista no es un síntoma clínico incontrolable: es una construcción social que se alimenta del silencio de quienes no intervienen a tiempo.
Compartí si también estás harto/a de que la justificación llegue siempre antes que la justicia.

Lic. Andrea Ricamonte
Psicóloga

A ti que has perdido esa pieza del rompecabezas que nadie debería perder y que sentirás ese vacío toda tu vida, porque e...
02/09/2026

A ti que has perdido esa pieza del rompecabezas que nadie debería perder y que sentirás ese vacío toda tu vida, porque esa pieza era única, y tenía el nombre de tu hijo/a.
Quiero mirarte a los ojos, de alma a alma, y nombrarlo sin miedo: te ha alcanzado el dolor más hondo que puede sufrir el espíritu humano.
No busques lógica donde no la hay; esta pérdida es un desierto sin mapas, una injusticia que grita al cielo.
No hay bálsamos fáciles.
A ti, que te iluminaba la luz de su presencia, te han dejado a oscuras, y el mundo, indiferente, sigue girando, pidiéndote que respires cuando te falta el aire.
Hoy, mi única petición es esta: concédete el sagrado derecho a romperte.
Déjate llevar por la marea de este dolor que te sobrepasa. No hay prisa, no hay manuales. Si sientes que las fuerzas te abandonan, está bien. Si necesitas gritar, si la cama se convierte en tu refugio, si la impotencia te asfixia... permítetelo.
No te pido que seas una roca; eres río, y los ríos a veces se desbordan. Llora hasta que el mar se quede sin sal.
Te hablo desde el corazón de una madre que también ha sido náufraga en este mismo océano de ausencia. Conozco el peso del silencio en su habitación, la silla vacía que grita su nombre, el eco de una risa que ya solo vive en la memoria.
He estado de rodillas, con el alma astillada, segura de que el siguiente paso era imposible.
Pero en medio de esa noche eterna, te traigo una certeza que no es consuelo, sino una promesa de vida: tu tesoro no se ha ido del todo. Se ha transformado en la fuerza invisible que sostendrá tus pasos vacilantes.
Muy despacio, con la lentitud de las estaciones, el peso que hoy te aplasta se volverá más liviano, no porque su ausencia duela menos, sino porque tu amor aprenderá a llevarla. Volverás a ver el color del cielo, a sentir el calor del sol, no por olvido —eso es imposible—, sino porque ese amor infinito que no puedes abrazar con tus brazos, encontrará su hogar definitivo.
Aprenderás a erigirle un templo, no con piedras, sino con los latidos de tu propio ser. Un altar eterno en el centro de tu pecho, un espacio sagrado donde su recuerdo será una brújula y su luz un faro.
Y un día, la verdad más conmovedora florecerá en tu espíritu: la forma más pura de honrar su existencia, la única manera de que su paso por la tierra siga dando frutos, es atesorando tu propia vida. Volverás a sonreír, y en esa sonrisa, el mundo verá el reflejo de la suya. Volverás a vivir plenamente, porque tu vida es el legado vivo de su amor.
No estás sola en esta travesía. Te abrazo con el alma entera. Respira... que aquí seguimos, un día a la vez.

Lic. Andrea Ricamonte
Psicóloga Especializada en Duelos

Hay un instante exacto en la vida en el que algo por dentro hace un clic silencioso pero rotundo: el momento en que ente...
01/09/2026

Hay un instante exacto en la vida en el que algo por dentro hace un clic silencioso pero rotundo: el momento en que entendemos que no vinimos a conformarnos con las sobras de nada ni de nadie.
Durante mucho tiempo nos enseñaron —o nos convencimos— de que pedir mucho era egoísmo, que soñar en grande era una ilusión peligrosa y que debíamos agradecer lo que tocara, aunque nos apretara el alma. Nos acostumbramos a esperar en la orilla, a negociar nuestra paz y a aceptar afectos a medias, proyectos tibios o realidades que nos quedan chicas solo por miedo a quedarnos sin nada.
Pero la verdad es profunda y transformadora: nadie camina hacia lo que no se siente digno de recibir.
Si no te crees merecedora de un amor completo, sano y recíproco, vas a seguir justificando la frialdad y las ausencias. Si no te crees con derecho a la plenitud material, a la belleza, al disfrute y a la abundancia, vas a frenar tus propios pasos antes de empezar.
El merecimiento no es arrogancia; es la brújula que te dice hacia dónde avanzar y, sobre todo, dónde jamás volver a quedarte.
Dejar el miedo no significa no sentirlo. Significa mirarlo a los ojos y dar el paso igual.
Tienes solo esta vida. Una sola oportunidad para habitar este cuerpo, para sentir con fuerza, para crear tu espacio, para amar sin miedo a vaciarte y para construir la realidad que te hace vibrar. No la gastes esperando el momento perfecto ni mendigando certezas donde solo hay dudas.
El tiempo no espera, pero tus sueños tampoco tienen por qué seguir esperando.
Empieza hoy por reconocerte: eres merecedora de todo lo bueno, de lo luminoso, de lo que expande y abraza. Camina, atrévete, toma las riendas y explota tu vida al máximo. No aceptes ni un centímetro menos de lo que tu alma sabe que merece.
Lic. Andrea Ricamonte
Psicóloga

Antes de que fueras latido,mucho antes de que habitaras mi vientre, yo ya te esperaba como se espera un amor que ya habí...
29/08/2026

Antes de que fueras latido,
mucho antes de que habitaras mi vientre, yo ya te esperaba como se espera un amor que ya había conocido en otras vidas.
Te soñaba en el roce suave de la brisa,
en esa certeza infinita de que el amor
sólo esperaba tu nombre para tener una forma.
​Y después, el milagro.
Esa primera mirada que cruzamos al nacer, un relámpago de luz que detuvo el mundoy me explicó de golpe para qué existían mis ojos y mis manos.
En ese instante exacto supe quién eras: mi verdad entera, el principio de todas las cosas.
​Creciste llenando la casa de trazos y vuelo.Tus manos que sabían inventar mundos sobre el papel, colores que desafiaban a las sombras, y ese cuerpo tuyo que no caminaba: bailaba.
Danzabas como si la tierra fuera sólo un impulso para tocar el aire,
dejando una estela de arte en cada rincón, en cada instante que convertías en belleza pura.
​Qué inmenso orgullo, hija mía,
qué privilegio sagrado fue ser el testigo de tu brillo y escuchar de tu voz la palabra más hermosa.
Ser tu mamá no fue un tiempo ni un tramo: es un hilo infinito que llevo en el pecho,un título que ni la ausencia ni los años me pueden quitar.
​Hoy cierro los ojos y te imagino aquí,
en este presente que a veces se queda en silencio.
Imagino tus pasos firmes, tus lienzos terminados, la coreografía perfecta de una vida adulta y plena, las risas compartidas al final del día.
Te veo en todo lo hermoso que este mundo no llegó a mostrarte, pero que vos, allá donde la danza no termina nunca, seguro ya aprendiste a pintar en el cielo.
​Casi seis años sin tus manos, mi amor,
pero ni un solo segundo sin tu alma.
Porque no estás donde estabas,
pero estás en cada trazo de luz, en la calidez del Sol que me acaricia y abraza como lo hacías tú y en este latido que todavía insiste en nombrarte y recordarte para siempre.

Andrea Ricamonte

Un domingo cualquiera, en la tranquilidad de casa, la vida te sorprende en una milésima de segundo. Un vidrio, que entra...
29/08/2026

Un domingo cualquiera, en la tranquilidad de casa, la vida te sorprende en una milésima de segundo. Un vidrio, que entra profundo en el dedo pulgar, la sangre que no para y ese instante donde todo se sacude. Me puse una toalla apretada, respiré hondo y pensé: “esto no es nada, ya se va a curar solo”.
Porque una es así: minimiza, sigue y no frena. Tanto no frené que esa misma tarde me fui al teatro. Estaba sentada en primera fila. Cuando la obra llegaba a su final, ocurría una escena de un as*****to: empezó a chorrear sangre falsa por una pared blanca de la escenografía y uno de los actores terminó con las manos completamente rojas. Cuando se encendieron las luces y me puse de pie para aplaudir, me miré la mano... estaba bañada en sangre real, con gotas hasta en el suelo. La sincronía fue tan insólita que parecía un efecto especial de la puesta en escena, yo totalmente mimetizada con los actores. Mientras la gente a mi alrededor se alarmaba y me pasaba pañuelos para parar el sangrado, sin entender que me había pasado, yo no podía parar de reírme de lo tragicómico del cuadro. Me negué a ir a la Emergencia, volví a casa, mi hija me hizo un vendaje impecable y al otro día seguí adelante.
Pasaron varios días, sintiendo una descarga eléctrica constante en el dedo, un dolor punzante que apenas me dejaba teclear en la computadora para trabajar. Pero seguí: fui a la fiesta de 40 de mi sobrina, bailé, disfruté y no dejé que el dolor me quitara la sonrisa.
Hasta que un día fui a la mutualista a hacer un trámite administrativo puntual y pregunté si de paso me podía mirar un médico. Cuando me vio, me derivó a un Cirujano. La consulta demoró unos días en llegar, pero el diagnóstico fue tajante: se habrian cortado nervios y tendones, y no se podía perder más tiempo si quería evitar secuelas irreversibles. Había que operar de inmediato.
El 24 de agosto a la noche sonó el teléfono: me preguntaron si podía operarme al otro día, 25 de agosto, feriado nacional. Respondí: “total, no tengo mejores planes, ja ja”.
Llegar a la mutualista ese feriado fue una postal casi cinematográfica. Pasillos en silencio absoluto, salas vacías, la ciudad detenida… y yo ahí, cruzando una vez más la puerta de un quirófano. He atravesado tormentas mucho más duras en la vida, así que decidí entrar vestida con lo mejor que tengo: mi sonrisa.
No le avisé a nadie de la familia para no preocupar; se enteraron recién cuando ya estaba todo resuelto. Solo una persona estuvo conmigo en cada paso: mi hija, Lucía.
Siempre dije, desde el primer instante, que este accidente tan tonto me había pasado para algo. Y hoy, con el corazón en calma, entiendo perfectamente el para qué: me pasó para ver con mis propios ojos a la mujer inmensa en la que te has convertido, Lu. Verte a mi lado con tanta templanza, cuidándome y cocinándome con amor, me demostró que sos una compañera de fierro que supiste estar a la altura de cada circunstancia. Verte tan entera, tan leal y tan presente me llenó el pecho de emoción. Gracias por ser mi refugio incondicional. Te amo con toda mi alma.
A veces creemos que ser fuertes es esquivar los golpes, pero la verdadera resiliencia es atravesarlos sin perder la luz ni el sentido del humor. Las circunstancias no se eligen, pero la actitud con la que decidimos vivirlas nos pertenece por completo.
Todo pasa, las heridas cierran y, mientras tengamos amor y ganas de reírnos hasta de lo inesperado, todo sale bien.
(Estás fotos las s**o Lucía mientras esperaba para ingresar al Quirófano, nos divertimos mucho).
Lic. Andrea Ricamonte
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