07/06/2026
Miro la foto de mi niña y me reconozco. Ahí está: sentada en una silla gigante, cargando un mundo que no le correspondía. Una nena sensible que aprendió demasiado temprano que llorar era peligroso y que la vulnerabilidad incomodaba.
Para sobrevivir y ganar aprobación, me puse el traje de la fuerte. Dejé de pedir contención y salí a salvar, a ayudar y a sostener a todos. Tal vez por eso elegí ser Psicóloga: porque cuando pasás la vida intentando reparar a los demás, en el fondo, buscás desesperadamente entender cómo repararte a vos misma. Me armé una armadura implacable, pero adentro de una coraza de hierro solo queda un cuerpo entumecido y un alma que grita.
Tuve que caminar mucho, caerme y experimentar dolores indescriptibles para entenderlo: nadie va a venir a salvar mi pasado. Mi yo adulta es la única responsable de hacerse cargo de esa nena.
Hoy me planto frente a ella, la miro con toda la ternura que le faltó y le doy el abrazo apretado que tanto necesitó. Hoy la tomo fuerte de la mano y caminamos juntas, sin miedo. Mi niña ya no está sola en esa silla fría; ahora sabe que puede confiar, romperse si hace falta y mostrarse vulnerable, porque su dolor finalmente encontró un refugio: Yo.
A vos, que estás del otro lado, te invito a parar un segundo y mirar hacia atrás: ¿Qué necesita hoy ese niño o niña interior que fuiste? ¿Qué herida sigue sangrando debajo de tu armadura? Tu yo adulto tiene hoy el amor y la madurez para darle esa respuesta. No dejes a tu infancia esperando en la silla. Tomale la mano.
Lic. Andrea Ricamonte
Psicóloga