03/06/2026
Hay una costumbre humana tan antigua como incómoda: cuando las cosas salen mal, buscar un culpable afuera.
Es más fácil señalar con el dedo que mirarse al espejo. Es más sencillo responsabilizar al Pai, a la Mai, a Exu, al Caboclo o al Orixá que detenerse a analizar las propias decisiones, los propios errores y las propias responsabilidades.
Muchos hijos de religión, cuando atraviesan dificultades económicas, sentimentales, familiares o espirituales, comienzan inmediatamente a buscar explicaciones mágicas para justificar aquello que no quieren enfrentar.
Aparece entonces el relato del trabajo religioso, de la demanda espiritual, de la energía negativa enviada por alguien. Y aunque nadie puede negar que existen energías, influencias y situaciones espirituales que forman parte de nuestras creencias, tampoco se puede negar una verdad elemental: muchas veces lo que vivimos es consecuencia directa de nuestras propias acciones.
No todo fracaso es una demanda.
No toda pérdida es una persecución espiritual.
No toda dificultad es culpa de un enemigo oculto.
Existe una ley sencilla que funciona dentro y fuera de la religión: toda acción tiene consecuencias. Las decisiones incorrectas generan resultados incorrectos.
La falta de compromiso trae problemas.
La irresponsabilidad tiene costo.
El orgullo también. Pero aceptar eso exige madurez, y la madurez no siempre es cómoda.
Todo pensamiento genera una vibración.
Toda palabra deja una huella.
Toda acción produce un movimiento.
El ser humano puede engañar a otros seres humanos, puede construir relatos, puede ocultar intenciones y disfrazar conductas, pero ante lo sagrado nada permanece oculto eternamente.
Por algo existe ese viejo dicho que atraviesa generaciones: entre el cielo y la tierra todo se sabe.
Lo más preocupante es cuando algunos religiosos encuentran personas dispuestas a alimentar sus excusas.
Porque siempre aparecerá alguien dispuesto a decir lo que el otro quiere escuchar.
Siempre habrá quien confirme una historia conveniente antes que una verdad incómoda.
Y ahí comienza un camino peligroso donde el crecimiento espiritual queda reemplazado por la búsqueda constante de justificaciones.
Existe además una cuestión ética que pocas veces se discute con la seriedad que merece.
Si una persona pertenece a un templo, tiene una jefatura espiritual y forma parte de una casa religiosa, lo lógico es que las primeras consultas, las primeras dudas y los primeros planteos sean realizados dentro de esa misma estructura. No se trata únicamente de lealtad; se trata de respeto, coherencia y orden.
En cualquier ámbito de la vida funciona igual.
Si una persona tiene un problema en su trabajo, habla con su supervisor.
Si tiene una dificultad en una institución, recurre a sus responsables. Entonces, ¿por qué en la religión algunos consideran normal recorrer distintos templos buscando respuestas mientras continúan perteneciendo a otro?
Cuando alguien consulta a espaldas de su propia jefatura, genera confusión, contradicciones y enfrentamientos innecesarios.
Muchas veces ni siquiera informa su verdadera situación.
Se presenta como alguien sin orientación, cuando en realidad continúa teniendo un Pai, una Mai o una casa espiritual a la cual pertenece.
Esa falta de transparencia no perjudica solamente a la jefatura original; perjudica también a quienes reciben la consulta sin conocer toda la historia.
Si una persona siente que su jefe espiritual no la escucha, no la acompaña o no le brinda la orientación que necesita, entonces corresponde tomar una decisión adulta. Hablar, intentar resolver la situación y, si no existe solución, retirarse con respeto y buscar otro camino.
Lo que no parece correcto es permanecer dentro de una casa mientras se buscan respuestas permanentes fuera de ella.
Del mismo modo, si la jefatura está presente, acompaña, orienta y dedica tiempo, pero la respuesta que brinda no satisface al consultante porque le exige asumir responsabilidades, entonces el problema ya no está en la orientación recibida.
Está en la resistencia a aceptar una verdad que incomoda.
Porque muchas veces lo que una persona busca no es orientación. Busca confirmación.
Quiere escuchar que todo es culpa de otros. Quiere escuchar que fue víctima de una demanda. Quiere escuchar que alguien le cerró los caminos. Quiere escuchar cualquier cosa menos que debe cambiar ciertas conductas, corregir errores o asumir consecuencias.
La religión debería ayudarnos a crecer, no a escapar de nosotros mismos.
Debería acercarnos a la responsabilidad, no alejarnos de ella. Debería enseñarnos a desarrollar conciencia, disciplina, honestidad y respeto.
También es necesario hablar de quienes reciben esas consultas. No todos los religiosos actúan igual. Algunos entienden perfectamente los límites éticos y preguntan primero cuál es la situación espiritual de quien consulta.
Preguntan si tiene templo, si tiene jefatura, si pertenece a una casa. Porque saben que intervenir donde existe una relación espiritual vigente puede generar conflictos innecesarios.
Lamentablemente otros no hacen preguntas. O peor aún, hacen preguntas y las ignoran.
Lo importante parece ser sumar un hijo más, un nombre más, una consulta más, una obligación más.
Y allí el interés personal comienza a ocupar el lugar que debería ocupar la responsabilidad religiosa.
Por eso cada vez resulta más necesario recuperar ciertos valores fundamentales: la honestidad, la claridad, el respeto por las jerarquías y la responsabilidad individual.
La espiritualidad no puede transformarse en un refugio para evitar la autocrítica.
No puede convertirse en una fábrica de excusas. No puede utilizarse para justificar errores que corresponden exclusivamente a nuestras decisiones.
Antes de culpar a Exu, al Caboclo, al Orixá, al Pai o a la Mai, conviene hacerse algunas preguntas difíciles.
¿Estoy cumpliendo con mis responsabilidades? ¿Estoy siendo coherente con lo que predico? ¿Estoy respetando mis compromisos?
¿Estoy actuando con honestidad?
¿Estoy escuchando las orientaciones que recibo o solamente escucho aquello que me conviene?
Porque muchas veces la respuesta que buscamos en el mundo espiritual ya está frente a nosotros.
Y no llega en forma de milagro ni de revelación. Llega en forma de una verdad simple, directa y muchas veces incómoda: hacerse cargo de la propia vida también es un acto sagrado.
Texto de mae Patricia De Xango compartí si te gusto o copia y pega pero no te olvides d2e decir que lo hice yo 🥰🙏
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